Columna: Relámpagos de fuga*

Alabanza de Federico Campbell
Por Arturo Mendoza Mociño
A Federico Campbell (Tijuana, Baja California, 1941-Ciudad de México, CDMX, 2014) le encantaba pasear por su barrio de toda la vida: La Hipódromo Condesa que se ha convertido en el equivalente bohemio a la vida sibarita que disfrutan los habitantes de París o Nueva York…

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Foto: Arturo Mendoza Mociño

Alabanza de Federico Campbell

Por Arturo Mendoza Mociño**

A Federico Campbell (Tijuana, Baja California, 1941-Ciudad de México, CDMX, 2014) le encantaba pasear por su barrio de toda la vida: La Hipódromo Condesa que se ha convertido en el equivalente bohemio a la vida sibarita que disfrutan los habitantes de París o Nueva York.
En esa colonia que de los años treinta y hasta los cincuenta fue el refugio de los migrantes judíos que huyeron del nazi Adolfo Hitler, y disfrutaban los encantos, verdores y paseos entrecruzados del Parque España y Parque México, Campbell viajaba a otros tiempos con una nave literaria que, a falta de mejor nombre, se le conoce como periodismo.
A paso calmo, disfrutando de la vida, avanzaba con el bamboleo de un trasatlántico. Cavilaba al caminar y, como ocurre entre los adictos a la literatura, estaba por largos minutos viendo los títulos de la Librería La Torre de Lulio en el cruce de las calles de Nuevo León y Michoacán.
Más de una vez me lo encontré ahí y la magia de la casualidad y la música del azar se aliaban en
cada conversación. Alguna vez, siendo todavía Reporterillo de Indias del diario capitalino Reforma,
tuve la fortuna de compartir su bonhomía, erudición y caminatas. Su cordialidad era una de sus señas de identidad más destacada. Y los ecos de su vida como periodista cultural en el semanario Proceso no tardaban en aflorar.
–¿Ya almorzaste?, invitaba. ¿Te apetece un café?
–¿Andas libre para recorrer Amsterdam?, proponía.
–¿Qué te parece lo que está escribiendo Alessandro Baricco?
La conversación andante, pausada, disfrutando la elíptica de Amsterdad, eco del trazo deportivo que tuvo la pista del Hipódromo que da nombre a la galante colonia, fue el entorno donde tuve mi primera inmersión literaria en el galo Stendhal y su fascinación por Italia, esa península que recorrió arrobado como soldado del revolucionario Napoleón Bonaparte.
Campbell, el hijo del telegrafista en la Tijuana de la posguerra, apuntaló mi educación sentimental con un libro que sacó, sin más de su coche, y que llevaba, con justeza poética, el título Crónicas italianas (Alianza Editorial, 1985).
De aquel primer regalo y paseo ocurrido en 1994, varios años después, en el nacimiento del nuevo siglo con el Semanario Milenio, le conté al especialista en la obra del siciliano Leonardo Sciascia que estaba preparando un reportaje sobre la caza de borregos cimarrones en la península bajacoliforniana.
No olvidaré jamás aquel momento porque aquella tarde, aún más reposada y de más y más paseos literarios, en otra vuelta elíptica en Amsterdam, supe de un periodista intrépido llamado
Fernando Jordán que recorrió la Península de Baja California desde Tijuana hasta Los Cabos y, en ese camino, encontró las pinturas rupestres más antiguas de México:


“No hay manera, por más que he buscado la forma, de llevar un diario. En el willys no se puede escribir y en tierra, en estos campamentos rápidos menos. Las noches son muy cortas y los días largos. Es una ventaja. Ignoro qué haría en caso de tener noches de trece horas en lugar de las nueve horas de estas semanas. Así, el día me alcanza bastante bien y la oscuridad, casi toda, la paso durmiendo, en saco de dormir, con el rifle a la mano y la lámpara. A mi lado, Marina.
Sueños pesados, de cansancio absoluto, y pocas veces, a no ser por el acoso furioso de los moscos, despierto a media noche. No mantengo encendido el fuego del campamento y los animales, si quieren, pueden acercarse a merodear”, se lee en la página diecinueve de la edición de
Transpeninsular, aparecida bajo el sello Joaquín Mortiz en el año dos mil.


En cuanto pude fui hasta la Sierra de San Francisco, en Baja California Sur, para apreciar aquellos lienzos de piedra que fueron registrados por algunos padres evangelizadores que llevaron la fe católica hasta el norte de California, en las níveas montañas de Sacramento.
Aquellas pinturas rupestres imantaron la curiosidad de Jordán que, a su vez, atrajo el interés literario para escribir Transpeninsular, una novela que se aleja de nuestro presente hasta aquellos tiempos en que la humanidad se comunicaba entre sí con imágenes se proponían aprehesar la realidad circundante con los primeros retratos de nuestros antepasados:


“(…) Aunque predominan las figuras de hombre, también se encuentran mujeres. Una de ellas, la más clara, muestra sobre las caderas una falda larga, que casi le llega a los tobillos.
“Para evitar confusiones, pintaron los senos de las mujeres: los colocaron lateralmente como si nacieran bajo las axilas. Aunque la representación sea por lo demás curiosa, no deja de ser una profunda lógica, ya que así es imposible confundir a la mujer con persona del otro sexo”.


Desde aquellas cuevas, que preservan estas aleccionadoras pinturas, emergentes gigantes que se yerguen y cuyas dimensiones se alargan aún más si se usan fogatas para verlas. Gracias a los empeños narrativos de  Campbell, autor, a su vez, de los imprescindibles Tijuanenses (Joaquín Mortiz, 1989) y Pretexta o el cronista enmascarado (Fondo de Cutura Económica, 1979), aquel
redescubrimiento que cambió la historia de la arqueología de México llevó a que investigadores de todo el mundo se desperdigaran por los 1,150 sitios que, hacia 2014, tenía registrados el Instituto Nacional de Antropología e Historia en las grandes serranías de San Borja, San Juan, San Francisco y Guadalupe en una área de estudio que abarca 11,600 kilómetros cuadrados.

*Relámpagos de fuga recrea paisajes humanos y paisajes artísticos  a la manera de una bitácora de viaje. En ella hay perfiles de obras, novelas, pinturas, pelis, como sitios que valen la pena visitarse y destinos de viaje en todos los sentidos posibles. Son historias que proponen evadirse de la realidad, de ahí el título, trazando otros parajes distintos a los reales, aunque también hay mucho de errancia porque no dejo de recomendar sitios en la selva y la montaña, el desierto y el mar.

**Arturo Mendoza Mociño (Ciudad de México, 1970) es periodista cultural desde 1991 y ha fundado varios proyectos periodísticos: Reforma, Milenio Semanal, Vuelo de Mexicana de Aviación, Chilango, La Revista de El Universal. Gusta de emociones extremas porque escala montañas, bucea y lee poesía.

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