Columna: Relámpagos de fuga

La Hora Tarazona
Por Arturo Mendoza Mociño
“Mi casa fue el territorio de un suceso extraordinario”, escribe Daniela Tarazona en El animal sobre la piedra, su primera novela. “Después de la muerte de mi madre un gato de color gris entró a mi cuarto y orinó bajo mi cama.” 
Con estas simples palabras, al parecer de Irad Nieto, crítica de la revista Letras Libres, la autora nos introduce de golpe en una atmósfera extraordinaria –con uno de los animales de mayor simbolismo en la tradición literaria fantástica, el gato…

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La Hora Tarazona

Por Arturo Mendoza Mociño

Daniela Tarazona nació en Ciudad de México el 23 de junio de 1975 y es, para fortuna mexicana, una lectora atenta de la brasileña Clarice Lispector y del cuentista chihuahuense Jesús Gardea. Una noche de noviembre de 2010, en Guadalajara, la escuché fascinado disertar sobre la autora de Aprendizaje o el libro de los placeres y decidí volver a releer La hora de la estrella por algunas hipótesis que Tarazona tenía sobre Lispector y que han quedado plasmadas en una de las mejores guías para estar más  cerca del corazón salvaje y no salir demasiado lastimado en tal excursión: Para entender: Clarice Lispector (Nostra, 2010). 

Foto: Facebook Daniela Tarazona (RETRATO DE AUTORA)

Allí se puede encontrar la historia de Macabéa, esa humilde mecanógrafa a la que le gusta beber coca cola y escuchar los anuncios de la radio. Se trata de otra brasileña sensual, sencilla y soñadora que anhela comprar un litro de helado porque, como a tantos cariocas de tantas generaciones, le gustan las cosas sencillas de la vida.

Pero esa sencillez, en el caso de Lispector, es otra faceta más de lo fantástico que trastoca la realidad. Siguiendo la línea de la literatura fantástica propuesta por los argentinos Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo y Julio Cortázar en las narraciones se pueden encontrar conejitos que se escupen por la boca, personas que son lo más parecido a un holograma o inventos que condensan todo el saber humano y pueden ser una biblioteca infinita como lo es ahora el internet que todos usamos.

Son los misterios del mundo, sucesos que no parecen posibles pero que ocurren en el reino de la literatura. Varias de esas venas narrativas las ha desarrollado Tarazona en El animal sobre la piedra (Aldus, 2009) y El beso de la liebre (Alfaguara, 2012), a cual más delicioso.

“Mi casa fue el territorio de un suceso extraordinario”, escribe Tarazona en El animal sobre la piedra, su primera novela. “Después de la muerte de mi madre un gato de color gris entró a mi cuarto y orinó bajo mi cama.” 

Con estas simples palabras, al parecer de Irad Nieto, crítica de la revista Letras Libres, la autora nos introduce de golpe en una atmósfera extraordinaria –con uno de los animales de mayor simbolismo en la tradición literaria fantástica, el gato, el cual parece reconocer la verdadera condición de la protagonista– y en una narrativa que oscilará sutilmente entre la realidad y la fantasía, los sueños y el delirio.

Así se sabrá más de Irma, quien tras perder a su madre decide buscar alivio en la playa, para guarecerse del dolor y la angustia. Apenas llega su cuerpo empezará a transformarse conforme se empieza a sentir más “feliz”.

“Una tarde, al despertar de una siesta, descubre sorprendida el contorno de su cuerpo a un lado de la cama, un ‘pellejo fino’ que tal vez represente su pasado, del cual se desprende cuidadosamente. Con esta muda de piel empieza una larga metamorfosis (en los párpados, pupilas, orejas, extremidades, vísceras y hasta en las facultades mentales) de la narradora, que evoca inevitablemente la creada por Kafka y el simbolismo animal que nutre gran parte de la literatura fantástica. Sin embargo, mientras que el relato de Kafka comienza cuando el protagonista, Gregorio Samsa, está ya convertido en un bicho monstruoso y doliente, El animal sobre la piedra es el testimonio minucioso de una mutación en reptil, narrado en forma de diario, en primera persona, y con una escritura fragmentada que no oculta la influencia de Clarice Lispector y trastoca los tiempos”, apunta Irad Nieto.

La vida es una suma de transformaciones y hay tantos cambios de piel como estrellas hay en el cielo, así que entre mis escritoras favoritas se encuentra Daniela Tarazona desde aquella noche tapatía en la que nos conocimos y charlamos, tequilita sí, raicilla también, sobre la belleza de Lispector y el incendio verbal de Jesús Gardea porque ante la ruda realidad en ocasiones es grato frecuentar lo sobrenatural. Y claro, mutar.

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