Columna: Relámpagos de fuga/»Deja que la noche tropical te abrace»

En 2018 me tocó apreciar las sesiones de conversaciones que sostuvo con el empresario cancunense Gastón Alegre para escribir una biografía que se iba a enlazar con la de otros personalidades políticas de la región. Una de esas noches, en la Galería Turquesa, bajo el manto de estrellas que mece al mar Caribe, Pepe se puso a cantar boleros, desplegando toda una erudición musical y bohemia, cargada de versos de promesa y acordes que revolucionarion el género. Aquella noche contemplé cómo la noche tropical lo bendecía con todas las musas y las alegrías.

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José Martínez Mendoza, además de los peligros inherentes a su oficio como periodista de investigación, sorteó al Covid-19 y sobrevivió a su embate, tal y contó en una columna personalísima, donde revela cómo gracias a sus hermanas Nora y Norma recuperó la salud en enero de 2021, en los meses más cruento de la pandemia.

Por Arturo Mendoza Mociño

A los periodistas sin imaginación los distingue el afán de notoriedad y los enloquece como nada los premios que enaltezcan aún más su egolatría desbordada.
Ello sólo ocurre con los mal llamados «periodistas» porque en ningún otro gremio, el de los plomeros, el de los sastres, el de las reposteras, se «premia» a una minoría que poco contacto tiene con la realidad. No hay un «jardinero nacional» ni tampoco un «electricista nacional». Pero en México sobran los premios para «periodistas», nunca faltan los que se presenten a ser premiados y siempre serán legión los engañados que creen que ese reconocimiento significa calidad porque se ignora las más de las veces  de que esos «Premios Nacionales de Periodismo» tienen, precisamente en su adn, una adicción enfermiza a los reflectores y a convertirse ellos mismos en noticia por ser «el premio», «la premiada», «la valiente e inigualable periodista» que jamás se le ha visto pateando calles, escalando sierras, nadando en litorales, como ocurre con la gran mayoría de reporteros que saben que su mayor reconocimiento es tener lectores, ser escuchado o visto, máxime cuando trabajan en zonas paulatinamente silenciadas por el narcotráfico y donde, precisamente, «los periodistas cazadores de premios» nunca exponen vida ni «prestigio».
De ello y de «periodistas» aún peores conversábamos, cada vez que podíamos, José Martínez Mendoza y quien estas líneas de homenaje escribe tras su intempestiva muerte la madrugada del lunes 24 de mayo.
«¡¡¡Pepe!!!», como todo mundo lo llamaba efusivamente aunque en sus orígenes como reportero de la fuente de sindicalismo en el diario unomásuno era más bien conocido por El muerto, por su vozarrón de ultratumba y su tétrica manera de enumerar los hechos como si se trataran del mismísimo Juicio Final, con voz ronca, hosca, raspada por las decenas de cigarrillos que no paraba de fumar.
Pepe, el que libró la muerte más de una vez, en Tijuana, al sumarse a la redacción del Semanario Zeta, dirigido por Jesús Blancornelas. Pepe, el que sobrevivió a un extraño accidente de carretera donde él con su familia miraron la Pálida de perturbadora manera. Pepe, el de las sentencias «matonas» o «mamalonas», como dirían los siempre impresionables millenials, esas ternuritas, que hacen que la realidad salte en mil pedazos y uno conserve uno de esos fragmentos como la prueba viva que todo se puede decir, en realidad todo, lo que importa es el tonito que se use:

-Usted no tiene que entrenar para pendeja -como bien le dijo a la saltillense economista del Tecnológico de Monterrey que pretendía determinar la línea editorial del diario ‘Luces del siglo’ en Cancún.
-El periodismo hace mucho que dejó de ser un deporte de alto riegos y, a quien no le gusten los sustos, mejor que se dedique a cultivar rosas.
-En México existen las mentiras, las malditas mentiras y las encuestas.

A diferencia de otras redacciones donde estuve, el Reforma de René Delgado, el Mileni» de Ciro Gómez Leyva, Federico Arreola, Carlos Marín, Raymundo Rivapalacio, el Universal» de Pascal Beltrán del Río, fue con Martínez Mendoza, en Cancún, donde aprendí varias claves para tener un cierre de edición armonioso: primero, por encima de todas las cosas, la planeación, saber qué historia traía cualquier reportero y valorarla por sus posibilidades de ser historia principal; segundo, crear productos periodísticos novedosos donde el humor y las secciones siempre marginadas por la ignorancia misma de los directivos, cultura y ciencia, principalmente, jugaban un rol principal al momento de decidir la portada; y tercero, no menos importante, reportear en vivo y en directo sucesos que parecieran intrascendentes, pero que brindaban el pulso del que carecen tantos medios, ya que sus jefes gran penacho blancho tienen años de mimar la tripa y no gastar la suela de sus zapatos en esa molestia permanente del Presidente de México Andrés Manuel López Obrador y que se llama Terca Realidad.*
El humor y el cariño que Pepe brindaba a sus cercanos se explicaba por las horas de insomnio que padeció durante años y una energía abrumante que le permitió hacer tanto en un puñado de años. Un buen día cumplió el sueño guajiro de cualquier reportero y se convirtió en su propio jefe escribiendo biografías políticas, nada más excéntrico para el tiempo periodístico que le tocó vivir cuando muy contados autores veían en los libros una fuente honesta y solvente de vida.
De esa manera se adentró en las vidas y los horrores del atlacomulquense Carlos Hank González, la lideresa magisteral Elba Ester Gordillo hasta seducir, con humor y pulcritud, al empresario Carlos Slim, cuya biografía se convirtió en un ‘long seller’ que le brindó fama y tranquilidad por igual a Pepe que dejó en el tintero otras historias de vida como la de Angélica Rivera, ex esposa del presidente priísta Enrique Peña Nieto, el periodista Julio Scherer García, y Juan Antonio Pérez Simón, exquisito coleccionista de arte y socio por décadas de Slim. En 2018 me tocó apreciar las sesiones de conversaciones que sostuvo con el empresario cancunense Gastón Alegre para escribir una biografía que se iba a enlazar con la de otros personalidades políticas de la región. Una de esas noches, en la Galería Turquesa, bajo el manto de estrellas que mece al mar Caribe, Pepe se puso a cantar boleros, desplegando toda una erudición musical y bohemia, cargada de versos de promesa y acordes que revolucionarion el género. Aquella noche contemplé cómo la noche tropical lo bendecía con todas las musas y las alegrías.
Ojalá que todos esos periodistas multipremiados, que piensan que la calidad periodística lo valida un efímero premio, lean la obra que lega José Martínez Mendoza, para que aprendan que otra trayectoria profesional siempre es posible, claro, cuando se tiene arrojo y se es congruente hasta la médula. Porque si Pepe no lo dijo con tales palabras, su vida, sus actos, eran un verbo imperativo para acatar sin chistar: Se debe vivir y escribir in-ten-sa-men-te. Siempre, siempre.

*La postura política del autor de la columna Relámpagos de Fuga es independiente de la del equipo de la Revista Terraza.

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