Columna: Relámpagos de fuga/»Ante la caída de Occidente»

«El coloso de Marusi» no es un libro de viajes convencional donde domine el éxtasis de la contemplación porque su autor aprovecha el periplo del errante para adentrarse en la propia interioridad del escritor. Todo ello se debe a la invitación que le hace su amigo el también novelista Lawrence Durrell, autor de «El cuarteto de Alejandría», para que lo visitase en Corfú.

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El novelista Henry Valentine Miller escribió una obra que se compone de novelas semiautobiográficas, en las que el tono crudo, sensual y sin tapujos suscitó una serie de controversias en el seno de un Estados Unidos puritano. FOTO Grand Tour

Por Arturo Mendoza Mociño

Bien lo dijo ya el artista visual mexicano Gabriel Orozco al considerar que el mundo y la realidad que lo circunda y nutre siempre se expresa a través de los creadores artísticos, en cualquier disciplina en que éstos se desempeñen.
Es decir, escritores como el estadunidense Henry Miller (26 de diciembre de 1891 / 7 de junio de 1980), son los intérpretes a través de los cuales se expresa el mundo cambiante que no cesa de desconcertarnos.
En lo que va del año 2022, como ocurrió en diferentes momentos en el siglo pasado, Europa afronta los fantasmas de la guerra y, de manera visionaria, el autor de la trilogía formada por Sexus (1949), Plexus (1953) y Nexus (1960) viajó a Grecia, antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial en septiembre de 1939, antes de que las tormentas de acero cambiaran para siempre el curso de la humanidad con atrocidades jamás contempladas hasta ese momento.  
El coloso de Marusi no es un libro de viajes convencional donde domine el éxtasis de la contemplación porque su autor aprovecha el periplo del errante para adentrarse en la propia interioridad del escritor. Todo ello se debe a la invitación que le hace su amigo el también novelista Lawrence Durrell, autor de El cuarteto de Alejandría, para que lo visitase en Corfú. De ahí que sus recorridos por Corfú, Creta, Atenas y el Peloponeso están en esta obra profundamente vitalista, donde se exalta, por igual, el paisaje y el efecto que éste produce en el ánimo, así como los ecos del pasado glorioso de las polis griegas.

Henry Miller describe su viaje a la isla de Corfú para ver a su amigo Lawrence Durrell entre la autobiografía y el surrealismo, las imágenes oníricas y el más crudo realismo. FOTO América 2.1


“En Atenas, el tiempo era seco e inesperadamente caluroso. Era como si volviésemos al verano de nuevo. De vez en cuando, el viento bajaba de las montañas circundantes y entonces hacía un frío como de hoja de cuchillo», relata Miller. «Por las mañanas, me iba con frecuencia paseando hasta la Acrópolis. Me gustaba más la base que la propia Acrópolis. Me gustaban las casuchas en ruinas, el caos, la erosión, el carácter anárquico del paisaje. Los arqueólogos han arruinado ese lugar; han destrozado grandes trechos de tierra para dejar al descubierto una caterva de reliquias antiguas que quedarán escondidas en museos. Toda la base de la Acrópolis se parece cada vez más a un cráter volcánico en el que las amorosas manos de los arqueólogos han sacado a luz cementerios de arte.”


Deslumbrado ante las cálidas y brillantes aguas del Mediterráneo, la sensualidad griega, la tierra griega que se abre como el Libro de la Revelación, Miller confirma que el espíritu de eternidad que hay bajo estos cielos de ciudades míticas como lo son Micenas, Cnossos y Epidauro sobrevivirá a la guerra acechante:

“Epidauro es un mero lugar simbólico: el lugar real está en el corazón, en el que cada uno de los hombres, con tal que se detengan a buscarlo. Todo descubrimiento es misterioso, en el sentido de que revela lo que es tan inesperadamente inmediato, tan cercano, tan larga e íntimamente conocido. El hombre sabio no necesita viajar lejos; el idiota es que busca la olla de oro al final del arco iris, pero los dos están siempre destinados a encontrarse y unirse. Se encuentran en el corazón del mundo, que es el comienzo y el final del sendero. Se encuentran en la realización y se unen en la transcendencia de sus papeles.”, revela, orgulloso, el andariego y defensor de libertades que siempre fue Miller.


Al escribir Trópico de Cáncer (1934) y Trópico de Capricornio (1939), colmados de elementos autobiográficos, especulación filosófica, ternura y obscenidad por igual, y que pudieron leerse en Estados Unidos a partir de 1960, tras ganarse un recurso en el Tribunal Supremo, Miller se lee salvaje y desafiente, todo un inconforme con la moral de su país, pero en El coloso de Marusi se le aprecia contemplativo y sabio, consciente de que se acaba, ante sus ojos, una Europa que no volverá a encontrar.
Por ello, ahora que el verano se acerca, con su tiempo lento, con su promesa de descanso, aún en los tiempos bélicos que se viven, vale recordar lo que aquel viaje dejó en el corazón del autor que inspiró a los beatniks de los años sesenta del siglo pasado:

“La mayor impresión particular que me causó Grecia es la que es un mundo a la medida del hombre. Cierto es que Francia da también esa impresión y, sin embargo, hay una diferencia, que es profunda: Grecia es la cuna de los dioses; pueden haber muerto, pero su presencia sigue dejándose sentir. Los dioses tenían proporciones humanas: fueron creados a partir del espíritu humano. En Francia, como en otros países del mundo occidental, esa vinculación entre lo humano y lo divino ha desaparecido. El escepticismo y la parálisis producidos por ese cisma en la propia naturaleza del hombre brinda la clave para el inevitable hundimiento de nuestra presente civilización. Si los hombres dejan de creer que un día llegarán a ser dioses, seguro que se volverán gusanos. Mucho se ha hablado sobre el nuevo orden de vida destinado a surgir en este continente americano. Sin embargo, conviene tener presente que ni siquiera se ha vislumbrado un posible comienzo durante al menos mil años por venir.”

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