Columna: Relámpagos de fuga/»Huir de las bestias rusas»

«El Yenisei en aquel paraje tiene unos trescientos metros de ancho; la corriente es muy rápida y la orilla está cortada a pico sobre un lecho profundo», narra el polaco Ferdynand Ossendowski en uno de los pasajes más memorables de «Bestias, hombres, dioses».

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Foto: Librería del Prado.

Por Arturo Mendoza Mociño

Al nuevo zar de Rusia, aquel que tantos temen, veneran y llaman Vladimir Putin, recién acaba de cumplir veintidós años al frente de la Gran Rusia, la misma que emergió de los escombros que dejó la desaparición de la Unión Soviética en 1989.

Ahora, convertido en todo un señor de la guerra desde que ordenó a sus ejércitos invadir Ucrania el 24 de febrero del presente año, Putin es visto como el nuevo mayor villano de la humanidad. Todos los días, en el bombardeo mediático que refleja los estragos de la guerra, se vuelve omnipresente, una pesadilla.

Un buen contrapunto para alejarse de ese espanto es la vida de Ferdynand Ossendowski narrada en el libro Bestias, hombres, dioses. Bien sabido es que a los polacos se les da muy bien la errancia. Desde Jan Potocki, pasando por Ossendowski, Joseph Conrad y Ryzard Kapucinsky, los autores polacos han dejado deleitables narraciones de sus viajes por todo el orbe y, como valor adicional, tales testimonios representan un registro del tiempo convulso que les tocó vivir.

Ossendowski, nacido el 27 de mayo de 1876, en Ludza, Letonia, pudo elejir una vida tranquila, sin sobresaltos, ya que estudió matemáticas, física y química, profesiones que anclan a sus practicantes en el sosiego de los laboratorios y la academia. De hecho, en una estadía en París, en 1899, cursó otros estudios en la Universidad de la Sorbona con el químico Marcellin Berthelot y allí convivió con su compatriota Marie Curie. Con esa sólida formación científica viaja a Rusia en 1901 para enseñar física y química en el Instituto de Tecnología de la Universidad de Tomsk en Siberia Occidental.

Gracias a que su padre, quien era médico, lo llevó consigo a San Petersburgo en su niñez, Ossendowski hablaba ruso con fluidez y a esa virtud habría que sumar el que poseía una pluma ágil y colorista que consignó sus viajes de exploración científica para saber más acerca de la hidrología, geología, física y geografía en los mares de Asia a bordo de un barco que estableció el primer enlace marítimo comercial entre Odessa y Vladivostok, con recales en Crimea, Constantinopla e India.

Desde tiempos homéricos, los hombres de acción dejan constancia escrita de sus avatares y desafíos a la muerte. En el caso de Ossendowski esa prueba de vida empieza por su habilidad para hallar la riqueza minera de Rusia. Tras ayudar a la explotación de las minas de carbón a orillas del Océano Pacífico, desde el estrecho de Bering hasta Corea, descubrió después un gran número de minas de oro en Siberia. Es por ello que sirvió en el ejército ruso como alto comisario de combustibles, a las órdenes del general Alekséi Nikoláyevich Kuropatkin, durante la guerra rusojaponesa (8 de febrero de 1904 al 5 de septiembre de 1905). El estallido de la Revolución de Vladimir Lenin lo sorprende en Siberia y es ahí donde comienzan las primeras páginas de Bestias, hombres, dioses, publicado por primera ocasión en 1923, que narra su huida entre los años 1920-1921 a través de Mongolia, Tíbet y China de los bolcheviques que han puesto a su existencia como objetivo de justicia «revolucionaria». Narración trepidante, bosquejos psicológicos precisos de las más variadas etnias, narraciones vívidas de la confrontación entre la naturaleza más ruda con el temperamento humano en tiempos convulsos e inciertos, Bestias, hombres, dioses es el viaje de un héroe que sólo cuenta con su coraje, un rifle y algunos cartuchos y con ellos se adentra en el frío glacial siberiano con una sola esperanza: llegar
a la India británica a pie, a través de los pasos de Mongolia, el desierto de Gobi y el Himalaya. Pero a cada paso hay un contratiempo, una nueva horca o un pelotón de fusilamiento, persecuciones, súbitas y fortuitas alianzas.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Ossendowski permaneció en Varsovia, donde participó en el gobierno clandestino de Polonia en cuestiones de educación. De fe luterana, se convirtió al catolicismo en 1942. Enfermo, se instaló en 1944 en la aldea de Żółwin, cerca de Milanówek, donde murió el 3 de enero de 1945.


Además, por doquier se encuentra a los guerreros que decidirán si respira o pierde el aliento. Tal y como ocurrió con el barón R. F. von Sternberg, a quien describe como «una tempestad de sangre desencadenada por Karma vengador, pasó por Asia Central. ¿Qué ha quedado de él? La orden del día dirigida a sus soldados, que terminaba con las palabras de la revelación de San Juan: «Que nadie detenga la venganza que caerá sobre el corruptor y el asesino del alma del pueblo ruso. La revolución debe ser extirpada del mundo. Contra ella nos ha prevenido en estos términos la revelación de San Juan: “Y la mujer estaba vestida de púrpura y escarlata y enjoyada en oro, perlas y piedras preciosas; tenía en la mano una copa llena de abominaciones y de la escoria de sus imprudencias. En su frente brillaba escrito este nombre misterioso: la gran Babilonia, la madre de las
impudencias y abominaciones de la tierra. Vi a esa mujer, ebria de sangre de los santos y de la sangre de los mártires de Jesús”».


Ni qué dudarlo de que se trata de un documento intensamente humano, una prueba de la cíclica tragedia rusa, tal vez de la tragedia mundial. Sí, el paso de Von Sternberg por la Tierra tiene toques de leyenda: «En las yurtas mongolas, juntos a las hogueras de los pastores, buriatos, mongoles, djungaros, kirghises, calmucos y tibetanos, cuentan la leyenda nacida de aquel hijo de los cruzados y los corsarios: ««Del Norte vino un guerrero blanco llamando a los mongoles y alentándolos a romper sus cadenas de esclavitud, que cayeron en nuestro suelo emancipado. Ese guerrero blanco era Gengis Kan reencarnado, y predijo el advenimiento del más excelso de todos los mongoles, que difundirá la hermosa fe de Buda, la gloria y el poder de los descendientes de Gengis Kan, Ugadai y Kublai Kan. ¡Y ese día llegará!».


En cambio, en el místico Tibet, atestigua cuáles son las entrañas de los dioses: «Cogí la (estatua de Buda) que estaba más cerca del borde, un Buda de madera, y principié a examinarla. En su interior había algo suelto que hacía ruido y se movía. —¿Oís? —preguntó el lama—. Son las piedras preciosas y las pepitas de oro; las
entrañas del dios».


Y es precisamente, ente lamas, que Ossendowski, el perseguido, encuentra un poco de sosiego a su espíritu porque se pierde, fascinado e intrigado, en «algunas salas (que) estaban dedicadas a bibliotecas, cuyos estantes soportaban la carga de manuscritos y volúmenes de distintas épocas escritos en diferentes idiomas sobre asuntos extraordinariamente variados. No pocos se desmenuzan en polvo, y los lamas los cubren con una solución que gelatiniza lo que resta de ellos a fin de preservarles de los estragos del aire. Vi también tabletas de arcilla con inscripciones cuneiformes originarias indudablemente de Babilonia; libros chinos, indios y tibetanos colocados al lado de los libros mongoles; volúmenes del más puro budismo antiguo, obras de los «gorros rojos», es decir, del budismo corrompido; trabajos del budismo amarillo o lamaísta; colecciones de tradiciones, leyendas y parábolas. Grupos de lamas leen, estudian y copian estos volúmenes, conservando y divulgando la sabiduría antigua entre los sucesores.


«Una sala está reservada a los libros misteriosos sobre magia y a las biografías y escritos de los treinta y un budas vivos, con las bulas del Dalai Lama, del pontífice de Tashi Lumpo, del Hutuktu de Utai en China, del Pandita Gheghen de Dolo Nor en Mongolia interior y de los cien sabios chinos. Solamente el Bogdo Hutuktu y el Maramba Ta-Rimpocha pueden entrar en ese santuario de ciencia misteriosa. Las llaves se guardan en un cofre especial con los sellos del Buda vivo y el anillo de rubíes de Gengis Kan, avalorado con la esvástica, que se halla en el despacho del Bogdo. Rodean a su santidad cinco mil lamas. Estos pertenecen a una jerarquía complicada que va desde lo simples servidores a los consejeros del dios, miembros del Gobierno. Entre estos consejeros figuran los cuatro Kanes de Mongolia y los cinco más altos príncipes».


Bestias, hombres, dioses fue uno de los tantos libros prohibidos por la dictadura comunista rusa durante décadas. En cambio, la novela de Putin, el conquistador, sigue escribiéndose estos días tanto con sangre ucraniana como rusa. Y el final de ella no tiene todavía su autor ni esa hora tan anhelada en que callan los cañones y cesan los llantos.

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