Columna: Relámpagos de fuga

Amada, literariamente, Ciudad de México
Por Arturo Mendoza Mociño
Hace dos décadas zarpó un trasantlántico llamado Elogio de la calle. Biografía literaria de la Ciudad de México 1850-1992 (Cal y arena), donde la erudición y pasión de Quirarte se fusionan a lo largo de setescientas veinte páginas de amena, ágil y ambiciosa prosa y donde se desmenuzan diferentes episodios de un mapa literario que bien puede ser una ciudad romántica o estridentópolis, una muchacha en los abismos de la perdición o una musa altiva y elegante

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Amada, literariamente, Ciudad de México

Por Arturo Mendoza Mociño

París ha sido cantada e inmortalizada en tantas obras como Nueva York. La capital gala es considerada, por antonomasia y por las obras de Víctor Hugo, Boris Vian, Julio Cortázar, Milan Kundera y tantos más, la ciudad de los enamorados mientras que la urbe de hierro se asume, tras la victoria estadunidense en la Segunda Guerra Mundial en 1945, como la capital de todos los ciudadanos del mundo ya que es, ni para qué dudarlo, la Babel de nuestros días.

Ciudad de México, tan cargada de historia, rebosante de literatura desde los tiempos en que los aztecas edificaron aquí la capital de su imperio, es el equivalente latinoamericano de París y Nueva York en materia literaria. Quizás sólo la argentina Buenos Aires rivalice con ella en esta área, pero gracias a los empeños del poeta Vicente Quirarte (Ciudad de México, 1954) queda claro que la capital mexicana es una megalópolis colmada de tinta, nostalgia, versos y narrativa de toda laya.

Hace dos décadas zarpó un trasantlántico llamado Elogio de la calle. Biografía literaria de la Ciudad de México 1850-1992 (Cal y arena), donde la erudición y pasión de Quirarte se fusionan a lo largo de setescientas veinte páginas de amena, ágil y ambiciosa prosa y donde se desmenuzan diferentes episodios de un mapa literario que bien puede ser una ciudad romántica o estridentópolis, una muchacha en los abismos de la perdición o una musa altiva y elegante.

Foto: Arturo Mendoza Mociño.

Si el novelista Enrique Serna se nutrió en sus primeras narraciones de sus andanzas juveniles en las sureñas colonias Militar Marte y Prados Churubusco, José Agustín forjó su literatura de rebeldía en la Narvarte y Julio Torri y su prosa breve se montaban juntos y paseaban, felices, por Santa María La Ribera en una bicicleta que se adentra por diferentes rumbos de una ciudad que se transformó para siempre y que fue retratada por Carlos Fuentes en La región más transparente (1958) cuando los cielos límpidos del Valle del Anáhuac desaparecieron por la contaminación atmosférica de una mancha urbana que sigue expandiéndose y que ensombreció horizontes pero que no mermó la creación literaria que ha mantenido, para mal de la literatura nacional, la hegemonía de la producción editorial del país y un parnaso de autores que pareciera perene.

La curiosidad y la sensibilidad del autor no se detienen únicamente en las fuentes literarias y sus ecos en versos y narraciones, también se ocupa de hábitos y paseos frecuentes de ciertos autores. Gracias a Quirarte se puede saber que el joven Octavio Paz tomaba el tranvía que lo llevaba a su casa en Mixcoac y que el chirriar de los rieles y aquel vaivén lo llevó a escribir Crepúsculos de la ciudad, un poema donde hay ecos de las agencias funerarias que estaban a un costado de La Alameda sobre Avenida Hidalgo. O bien se remonta a esas mañanas de 1959 donde otro poeta, Rubén Bonifaz Nuño, se viste como caballero, con una elegancia ejemplar, para dar clases en la Nacional Preparatoria y escribir, con fervor, Los demonios y los días que condensan sus pasos poéticos por el corazón de Ciudad de México.

Rubén Bonifaz Nuño, Octavio Paz y Jaime Sabines construyen sus imágenes urbanas a partir de un sólido orden verbal y tratan de poblar el caos a cualquier guerra, recientemente terminada, ha conducido al mundo. Nuestros poetas aún creen en los plenos poderes de la palabra, pero no les basta la perfección formal ni la tensión en el lenguaje logradas por (Jorge) Cuesta, (Xavier) Villaurrutia y (José) Gorostiza, se puede leer en la página quinientos sesenta y uno.

Para tiempos pandémicos, de obligado resguardo, o para esos anhelados momentos de recuperación de la ciudad amada, nada mejor que leer Elogio de la calle donde sobran los paseos y las historias para caminarse y leerse en Ciudad de México, esa urbe que Quirarte considera una mujer, a la manera de Carlos Fuentes, y la asume como eterna porque combate al tiempo en nombre del amor.

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