Columna: Relámpagos de fuga

Mauricio Molina, el narrador que buscó cielos literarios mediante la superposición cuántica

Por Arturo Mendoza Mociño

Con el linaje de Amparo Dávila y Francisco Tario este narrador nacido en la Ciudad de México en 1959 terminó hace tres décadas la escritura de una de las novelas más estimulantes de la literatura fantástica mexicana contemporánea: “Tiempo lunar” que, con el título de “Zona vedada”, se alzó con el Premio Nacional de Novela José Rubén Romero en 1991

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Mauricio Molina (11 de abril de 1959-13 de junio de 2021), el narrador que buscó cielos literarios mediante la superposición cuántica

Por Arturo Mendoza Mociño 

A Mauricio Molina le fascinaban los camaleones. Tanto le gustaban esos reptiles que tuvo alguna vez un ejemplar africano como mascota en su casa al sur de la Ciudad de México y aquel bicho, de variante piel cromática y tan grande como un gato, se convirtió, no pocas veces, en personaje o en inspiración de las narraciones del escritor que falleció el pasado domingo 13 de junio de este segundo año Covid-19.

Con el linaje de Amparo Dávila y Francisco Tario este narrador nacido en la Ciudad de México en 1959 terminó hace tres décadas la escritura de una de las novelas más estimulantes de la literatura fantástica mexicana contemporánea: Tiempo lunar que, con el título de Zona vedada, se alzó con el Premio Nacional de Novela José Rubén Romero en 1991.

La obra, de corte apocalíptico, se terminó de imprimir en el mes de abril de 1993 bajo el sello de Ediciones Corunda y en ella se cuenta como el antiguo lago que vio emerger a la antigua Mexico Tenochtitlán se engulle, varios siglos despues, a la megalópolis que ahora es la capital mexicana en diferentes eclipses que alteran la rutina de Andrés, el héroe de esta épica que abreva en la cosmogonía azteca que también se replicará como recurso narrativo en otros libros de Molina como son Telaraña, La trama secreta y La puerta final.

“Vagas por las arterias de la diosa: las avenidas son serpientes, los edificios cráneos de ruidos. Ciudad: deidad carnívora y devoradora, muerta viva, cementerio de neon. Avenidas metamórficas: escamas de asfalto, venas secas, tuberías gorgoteantes. Diosa que habla un lenguaje de sirenas: fábricas al amanecer, patrullas en la madrugada, ambulancias, claxons, estertores lejanos de los edificios que se derrumban, vago murmullo de los dormidos y los ebrios, gritos de los enfermos en los hospitales provocados por los electroshock y las jeringas con calmantes. Pesadillas de tortura y muerte. Ciudad muerta, sin forma ciudad: palabras y nombre, dulce palabra sin sentido. Zona vedada, zona muerta habitada por dioses que apestan a gasolina y escupen fuego en los estacionamientos abandonados. Dioses ebrios que caminan sin sentido, sin saber que son dioses. Deidades casuales. Aquí no hay nadie, sólo sombras y reflejos y fantasmas. Ciudad de ahogados que viven la misma eterna vida repetida”.

Tal es la urbe que bosqueja Molina, la misma que contados años atrás ha sido golpeada por un sismo que cambió su faz e historia para siempre. Así es como transcurre la búsqueda de Milena porque en ella, cree Andrés, está el conjuro para frenar el tiempo lunar que hunde a la Ciudad de México en sus entrañas acuosas y aztecas porque, en cada escala que realiza el héroe, se abre un umbral hacia otros tiempos y cuyo rastro son cuerpos sin vida, con los pulmones anegados de agua, rastrojos de algas y cangrejos.

Andrés va del Mare Serpentarum en la Terminal Observatorio hasta el Mare Iridium donde está la refinería abandonada. Busca algunas señales en un cuarto de objetos perdidos, en el Mare Nebularum, y en una añeja biblioteca llamada con humor negro La Morgue, en el Mare Tranquilitatis, un viejo bibliomano le anticipa lo que vivirá:

“Un mapa puede llevarlo a una zona sagrada, puede formar parte de un saber oculto”, le explica el erudito. “Vagar por la ciudad bien puede ser una suerte de viaje cósmico: cada acto se sitúa en las fronteras de lo conocido”. 

De esta manera, el héroe de Tiempo lunar, sabiendo que nuestros instrumentos de conocimiento no difieren mucho de los de las moscas, porque lo único que hemos hecho ha sido ampliarlos, se adentra en un laberinto de tiempos paralelos que se abren con cada ventana lunar que hay en todo eclipse.

No podemos ver aquello que es invisible a nuestros sentidos, le advierte el bibliotecario a Andrés, y mucho menos aquellos fenómenos que no pueden ser captados más que por sentidos hipotéticos, como cuando nos preguntamos por el aspecto de una calle, una habitación cerrada o un objeto cualquiera cuando no hay nadie que esté ahí como testigo.

Esa incertidumbre que aviva la llama de la curiosidad y la osadía es la misma que animó a Molina en cada empresa creativa o editorial que emprendía. Con estudios de Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, fue también profesor de cursos y talleres en la Casa del Lago, la UIA, la Universidad del Claustro de Sor Juana y en El Péndulo; jefe del Departamento de Voz Viva en la UNAM; jefe de redacción de la Revista de la Universidad Nacional; así como colaborador de Biblioteca de México, El Ángel, El Nacional, El Sol de México, La Cultura en México, Letras Libres, Luna Córnea, Sábado, Siempre! y Vuelta

Lector atento del albanés Ismail Kadare y el checo Franz Kafka, las teorías vanguardistas de la física moderna, los universos paralelos y la superposición cuántica, Molina unió fuerzas con Cristina Rascón, quien fuera su pareja sentimental, para fundar en años recientes la Escuela Global de Escritores en Línea que llamaron Skribalia.

Tiempo lunar condensa el narrador que fue Mauricio Molina en toda su obra: afecto a las realidades posibles, devoto de las erotomanías subversivas y explorador de saberes antiguos en la cosmogonía prehispánica. También en diferentes pasajes de Tiempo lunar está aquel poeta que se hallaba más cómodo con el abrigo de sombras y senderos de plata que tienen las noches sin horas ni mesura. Varias líneas suyas prueban que más de una vez habitó el cielo:

“Milena, mi Luna, a través de la variedad te estoy buscando. Estoy viendo tu foto: eco de un disparo que te convirtió en fantasma. Te vi en sueños y supe que no volvería encontrarte más que en un borroso planeta poblado por fantasmas.”

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