Columna: Relámpagos de fuga/Por siempre extranjero

Luego de una acalorada tertulia, Baca se enfiló con su bicicleta por Isabel La Católica rumbo a su casa al norte de la capital, hasta el cruce de Avenida Politécnico y Montevideo. A medio camino, en la Librería Manuel Porrúa de 5 de Mayo, pagó 520 pesos por un ejemplar editado en La Habana, Cuba, ese mismo año, y cuyas 114 páginas leyó en un suspiro como lo han hecho hasta ahora millones de lectores que ahora celebrarán, el próximo 19 de mayo de 1942 el 80 aniversario de El extranjero, una obra que, en un espejo numérico, también se ha traducido a 80 idiomas desde que el sello Gallimard lo publicó cuando la bandera nazi ondeaba por todo París por el ejército de ocupación de Adolfo Hitler.

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Argelino, huérfano, hijo de una analfabeta, pobre entre los pobres, Albert Camus representa el triunfo del espíritu ante la adversidad. Alacrán nacido el 7 de noviembre de 1913, Camus empezó su camino en la letras como periodista en su natal Argel, luego ya en París, la capital cultural por excelencia, desarrolló su faceta como ensayista, dramaturgo y filósofo hasta alcanzar el Premio Nobel de Literatura en 1957. FOTO Instituto Acton
Ni siquiera estaba seguro de estar vivo, porque estaba viviendo como un hombre muerto, admite Meursault, el joven personaje de la novela de Albert Camus que cumple 80 años de haber sido publicada por Gallimard

Por Arturo Mendoza Mociño

El cartero veracruzano Alberto Baca escribió su nombre un día de 1969 en el ejemplar de El extranjero del Premio Nobel 1957 francés Albert Camus que unos amigos, un tanto revoltosos, le recomendaron leer. Uno se llamaba Rafael Torres, otro Víctor Ruiz. Y los tres se reunían en una casa de Sevilla, en la colonia Portales, en la Ciudad de México, para hablar de libros, amores y pintores.


Luego de una acalorada tertulia, Baca se enfiló con su bicicleta por Isabel La Católica rumbo a su casa al
norte de la capital, hasta el cruce de Avenida Politécnico y Montevideo. A medio camino, en la Librería Manuel Porrúa de 5 de Mayo, pagó 520 pesos por un ejemplar editado en La Habana, Cuba, ese mismo
año, y cuyas 114 páginas leyó en un suspiro como lo han hecho hasta ahora millones de lectores que ahora celebrarán, el próximo 19 de mayo de 1942 el 80 aniversario de El extranjero, una obra que, en un espejo numérico, también se ha traducido a 80 idiomas desde que el sello Gallimard lo publicó cuando la bandera nazi ondeaba por todo París por el ejército de ocupación de Adolfo Hitler.


Su brevedad, su carga de desaliento, su hondura al momento de retratar la desgracia humana que hay en toda prisión, contribuyeron para que se convirtiera en un buen ejemplo de los llamados long sellers, ese tipo de libros que se venden todo el tiempo ocurra lo que ocurra con las modas literarias del momento.


«El extranjero se adelantó a su época, anticipando la deprimente imagen de un hombre al que la libertad que ejercita no le engrandece moral o culturalmente», afirma el novelista peruano Mario Vargas Llosa en la edición que Luis Úrculo realizó para Galaxia Gutenberg al nacer el nuevo milenio, «más bien lo desespiritualiza y priva de solidaridad, de entusiasmo, de ambición, y lo torna pasivo, rutinario e instintivo en un grado poco menos que animal».


El joven Camus captó el espíritu de una época, la profunda desazón, la falta de raíces en el mundo, el no sentirse parte del mismo mientras éste  gira y gira. Soy un extranjero en este mundo termina descubriendo cualquier lector de esta hechizante pieza. Sólo se está de paso y no importa lo que se haga para cambiarlo porque siempre será así y jamás será de otra forma.


La universalidad de la obra también responde al lugar donde transcurre su trama: la Argelia que era colonia francesa. Donde la riqueza se resguarda con la crudeza de las armas y es Meursault, el narrador, el que se va rindiendo ante ese pesado entorno.


“Hoy, mamá ha muerto. O tal vez ayer, no sé” marca el arranque de esa apatía de Meursalt y que distinguió al medio cultural francés tras 1945, cuando fueron «liberados» por estadunidenses, ingleses y canadienses. En ese «existencialismo» también ha sido incluida la célebre pareja de Jean Paul Sartre y Simone de Beuvoir.


Tras el sepelio materno, donde no manifiesta dolor alguno, Meursalt conoce a una mujer y la posee y, sin ninguna razón aparente, le dispara al hermano de la amante. En el juicio que enfrenta el magistrado blande un crucifijo y le exige que ponga su fe en dios. Meursault se niega, insistiendo en que no cree en ningún dios. Además vive indiferente a las leyes, no practica ninguna de las reglas básicas de convivencia, se mueve al margen de ellas, no es cortés, no considera los sentimientos ni las ideas del semejante, y son precisamente esas sutiles leyes no escritas que mantienen la armonía en cualquier comunidad  las que conspirarán contra él. Porque es un insensible, un ateo, un monstruo sin corazón, acabarán condenándolo a esperar que la aguda cuchilla del patíbulo troce su cuello.


La angustia existencial de este antihéroe se apodera de todo su ser porque, en efecto, primero es consciente de que se encuentra ante un universo frío e indiferente hacia su condición humana, pero ese hallazgo, que podría llevar a la desesperación a cualquiera, a él no lo inmuta tampoco.


«(…) ninguna de sus certidumbres valía más que un cabello de mujer […] yo parecía tener las manos vacías. Pero yo estaba seguro de mí, seguro de todo, más seguro que él, seguro de mi vida y de esa muerte que iba a llegar. Si era lo único que tenía…», se lee en uno de los pasajes más reveladores.


El consuelo mayor que recibe este extranjero del mundo es, precisamente, la muerte, la única opción para consumar la búsqueda de la propia existencia.
Si se traslada esta revelación hacia una persona al mundo envuelto en una guerra sin horizontes y, luego, a los horrores del Holocausto, ciudades arrasadas, bomba atómica, El extranjero sin entrañas es un espejo de papel de todo el orbe.
Esa fascinación acabó de golpe el 4 de enero de 1960 cuando el Facel-Vega que conducía Michel Gallimard se estrelló contra un árbol cerca de Sens, en la Nacional 5. El reloj del salpicadero quedó detenido a las 13:55 horas y Albert Camus murió en el acto.


Al otro lado del Atlántico, por esas fechas el lector  Baca se convertía en padre de cuatro mujeres y un varón. Y como intrépido ciclista, fascinado por el trabajo fotográfico de Joaquín Santamaría en todos los rincones del Puerto de Veracruz, rescatado por el editor chilango Alberto Tovalín, fue que intercaló entre las páginas fotos de los suyos en momentos que apresaban la felicidad familiar. Por ello, como blindaje afectivo personalizó aún más su ejemplar de El extranjero con dos personajes con trazos picassianos. Ella, con pechos opulentos, él, barbado y con serena mirada. Desde hace cincuentaitrés primaveras esos amantes concilian su extranjería
gracias a Camus que sigue iluminando la existencia de sus lectores con un octogenario libro.

El extranjero se ha convertido en obra referencial para millones de lectores en todo el orbe, incluso
inspiró al grupo británico The Cure» para crear la canción Killing an arab/Matando a un árabe.

ARTE Alberto Baca FOTO Arturo Mendoza Mociño

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