Columna: Relámpagos de fuga/»Rayito» permanente

«Llega entre bugambilias, las azaleas y las nochebuenas como una aparición», narra Luis Enrique Ramírez Ramos (1963-2022) su encuentro con la autora de «Andamos huyendo Lola». «Elena Garro no camina, la mueve el viento. Frágil, pálida, delgadísima, lleva en su rostro la desolación como un tatuaje».

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Tras formar parte de la sección cultural de El Financiero, a cargo de Víctor Roura, Luis Enrique Ramírez Ramos se unió a Arturo García Hernández, Patricia Vega, Adriana Malvido, Angélica Abelleyra, Pablo Espinosa, Merry McMasters, quienes escribían con denuedo y acierto en la sección de cultura en el diario La Jornada.     FOTO  Fb Luis Enrique Ramírez Ramos  

Por Arturo Mendoza Mociño

Delante de nuestros ojos estaba la escritora que determinó el concepto literario del realismo mágico que volviera célebre en todo el orbe al colombiano Gabriel García Márquez tras la publicación de Cien años
de soledad
(1967).

Elena Garro, autora de Los recuerdos del porvenir (1963), lucía agotada, pensativa, acalorada en la residencia cercana al Parque Chapultepec a donde llegó a vivir a Cuernavaca tras un largo autoexilio parisino. Tres reporteros culturales mexicanos estaban alrededor suyo, el culichi Luis Enrique Ramírez Ramos, la chilanguérrima María Luisa López y quien estas evocativas líneas escribe tras el asesinato de Ramírez Ramos el pasado jueves cinco de mayo del año en curso en las orillas de la capital sinaloense.

Más de diez mininos sacaban a Garro de su ensimismamiento. Y luego de beber un tecito de manzanilla, cigarro en ristre, evocaba a su limitada audiencia el esperanzado proyecto literario de escribir una novela sobre la alianza de las guardias blancas que combatieron a los comunistas de Vladimir Ilich Lenin en la lejana Rusia. En esa obra no podrían faltar restos de la aristocracia rusa que, sorprendidos con la revolución de octubre de 1917, trataban de rescatar como podían la grandeza imperial que alguna vez disfrutó Catalina La Grande.

Aquel norteño hermoso que era Ramírez, altivo en sus uno ochenta metros de altura, con bellos ojos negros observantes, callado y hosco sólo en apariencia, y con un acicalamiento que prodigaba serenidad con quien se encontrara, en los recuerdos de la editora cultural María Elena Matadamas, no perdía detalle de lo que la también dramaturga contaba porque nada más bastaba deslizar algún tema, libro o suceso de la historia nacional para que Garro entrelazara literatura con vivencias personales. El sueño dorado de cualquier reportero.

Esa trama vasta y reveladora la narró Ramírez en uno de esos clásicos contemporáneos del periodismo cultural nacional: La ingobernable. Encuentros y desencuentros con Elena Garro (Raya en el Agua, 2000).
Baste recordar que todo libro tiene, como tesoro escondido, otra historia que apuntala al volumen impreso que adquiere el lector sin saber si esa obra será el ascenso a un cielo personal o bien el desbarrancadero a un infierno donde las heridas aleccionan con lo que es la vida de los otros al ser narrada como si todo fuera una novela o un cuento extraordinarios.

Garro, en su regreso a México el 10 de junio de 1993, pudo concluir y publicar novelas —Un traje rojo para un duelo, Ediciones Castillo, 1996; Un corazón en un bote de basura, Joaquín Mortiz, 1996, y Mi hermanita Magdalena, Ediciones Castillo, 1998– y piezas teatrales —Parada San Ángel, Tramoya, 84, julio-septiembre de 2005, y Sócrates y los gatos. Obras reunidas, FCE, 2009–, ente otros títulos, mientras que Ramírez, en alianza creativa con el cronista Carlos Monsiváis y la novelista Elena Poniatowska, pudo dar forma a una antología de sus entrevistas con diferentes personalidades bajo el título La muela del juicio (Colección
de Periodismo Cultural, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1994), con un prólogo de su amiga Poniatowska.

A partir de entonces, Ramírez quemó naves y volvió hacia 1999 a Culichilandia con su mamá, para emprender una nueva faceta periodística en el reino del narcotráfico nacional desde un portal llamado Fuentes fidedignas hasta que fue asesinado por el sicariato y su cuerpo fue hallado en el kilómetro quince de la carretera internacional Culiacán-Mazatlán.

Vibrantes, emotivos, han sido los adioses hacia él, hacia quien también era llamado por sus colegas de escritura Rayito.

«Para todos eras Luis Enrique», sostiene Matadamas en un testimonio personal lanzado a las redes la tarde
del domingo ocho de mayo del 2022, «(pero) para mí (eras) ‘Rayo’ o ‘Rayito’, aunque he olvidado cómo fue que adquiriste tal apodo. (…) Mientras yo disfrutaba de tu sentido del humor, de tu acento norteño y tus carcajadas francas; tú alentabas mi forma de ser atrabancada y lenguaraz, riendo a carcajadas por el uso (de) dichos y refranes aprendidos de mi padre y reprendiéndome con un exclamativo ‘¡Matadamas!’ Sí, era un juego; nuestro juego».

Este lunes nueve de mayo, a las cinco de la tarde, en el Ángel de la Independencia en Ciudad de México, periodistas de diferentes espacios informativos realizaron una protesta por el asesinato de ese Rayito que animó varias secciones culturales en la capital por varios años y en diferentes intervalos. Exigieron todos el aclarecimiento de su muerte con riguroso luto, velas, flores y los rostros de los nueve periodistas asesinados en el país lo que va del 2022.

Cierto, aunque los buitres del gremio no paran de lucrar con la muerte ajena, escribiendo soezmente o sacando de la bilis misma la ponzoña de la envidia permanente, lo que refleja la protesta de esta tarde (9 de mayo) es la unión de quienes escriben, narran radiofónica y televisimamente, la violencia que sacude al México tanático, el de los desaparecidos, los feminicidios, los migrantes ultrajados.

No faltó quien llevó consigo su ejemplar de La ingobernable. Encuentros y desencuentros con Elena Garro o La muela del juicio porque así se honra a un autor de valía, leyéndolo, compartiendo los pasajes que enriquecen aún más los reinos literarios mexicanos donde Elena Garro vuelve a abrazar a Luis Enrique Ramírez Ramos.

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