Columna: Relámpagos de fuga*

Mayo, tan femenino, tan maternal, tiene en Mujeres de ojos grandes un excelente regalo para perderse o hallarse más en el cielo que hay en una mirada inolvidable como es siempre la mirada de una mujer.

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Foto: Francisco Galvez

Hermosas mujeres de ojos grandes

Por Arturo Mendoza Mociño**

“No era bonita la tía Cristina Martínez, pero algo tenía en sus piernas flacas y su voz atropellada que la hacía interesante. Por desgracia, los hombres de Puebla no andaban buscando mujeres interesantes para casarse con ellas y la tía cumplió veinte años sin que nadie le hubiera propuesto ni siquiera un noviazgo  de buen nivel…”
Así se despliega la galería de miradas que Angeles Mastreta (Ciudad de Puebla, 1949) reúne en un libro que se renueva en cada relectura y que lleva por nombre Mujeres de ojos grandes (Cal y Arena, 1991). A aquella tía se suman otras más: Isabel, Chila, Rosa, Eloísa, Verónica. Y es a través de sus ojos como ellas relatan su vida, sus pasiones y sus orgullos.
Pasa con “Natalia Esparza, mujer de piernas breves y redondas chichis, que se enamoró del mar y no supo bien a bien en qué momento le llegó aquel deseo inaplazable de conocer el remoto y legendario océano pero le llegó con tal fuerza que hubo de abandonar la escuela de piano y lanzarse a la búsqueda del Caribe, porque al Caribe llegaron sus antepasados un siglo antes”.
O bien “cuando la tía Carmen se enteró de que su marido había caído preso de otros perfumes y otro abrazo, sin más ni más lo dio por muerto. Porque no en balde había vivido con él quince años, se lo sabía al derecho y al revés, y en la larga y ociosa lista de sus cualidades y defectos nunca había salido a relucir su vocación de mujeriego”.
Fátima Lapuente parpadea cuando evoca que fue “novia de José Limón durante diez años pero, desde antes de que él se lo pidiera, ella había comprometido su cuerpo lleno de luciérnagas con el hombre que se las había puesto en revuelo”.
Rebeca Paz y Puente se recuerda bella a los ciento tres años y recuerda como las otras decenas de mujeres que hay en las ciento ochenta páginas de esta obra que se editó en 1991, bajo el sello Cal y Arena, luego de que a mediados de los años ochenta Mastretta enamorara a miles de lectores con la novela Arráncame la vida (Cal y Arena, 1985) que personificaron en la pantalla grande Ana Claudia Talancón y Daniel Giménez Cacho bajo la dirección de Roberto Sneider en el año 2008.
Si Arráncame la vida narra los arrebatos permanentes en la vida del poblanísimo Maximino Ávila Camacho, hermano del presidente mexicano Manuel Ávila Camacho (1940-1946), Mujeres
de ojos grandes
muestra el reverso de Puebla a través de la sensibilidad de sus mujeres.
La portada misma de la edición de 1991 anticipa el juego de atisbos que se tendrá en una narración ondulante y retratista. En Ángeles y Fuensanta, cuadro de Julio Romero de Torres realizado en 1909, dos jóvenes poblanas contemplan, serenas y elegantes, al artista plástico que realiza este óleo
donde el lenguaje de manos es importantísimo. Ángeles es la guardiana de la memoria familiar al sostener, protectora, la redonda imagen de un ancestro, quizás un padre, quizás una abuela. Fuensanta, muy por el contrario, ya se libró del cuello de encaje de su par femenino y con ceño más decidido observa al futuro con un libro que está abierto de par en par hacia el porvenir que espera a ambas. A sus espaldas, el paisaje volcánico de Puebla se pierde en las sombras de la noche junto con la silueta de un hombre que también se oscurece.
Mirada tras mirada, los ojos de las poblanas aquí reunidas se agrandan como ocurre con la mirada de las enamoradas o aquellas que espejean los tormentos de su alma.
Ellas no necesitan decir nada porque Mastretta recrea sus vidas con esos poderes literarios que la llevaron a ser reconocida con el Premio Rómulo Gallegos por la novela Mal de amores (Alfaguara, 1996).
Mayo, tan femenino, tan maternal, tiene en Mujeres de ojos grandes un excelente regalo para perderse o hallarse más en el cielo que hay en una mirada inolvidable como es siempre la mirada de una mujer, tal y como ocurre en la página ciento treinta y tres:

“Había una luna a medias la noche que desquició para siempre los ordenados sentimientos de la tía Inés Aguirre. Una luna intrigosa y ardiente que se reía de ella. Y era tan negro el cielo que la rodeaba que adivinar por qué no pensó Inés en escaparse de aquel embrujo. (…) Sólo bajo esa luna pudo empezarle a ella la pena que le había tomado el cuerpo. Una desdicha  que, como casi siempre pasa, se le metió fingiendo ser el origen mismo de la dicha”.

*Relámpagos de fuga recrea paisajes humanos y paisajes artísticos  a la manera de una bitácora de viaje. En ella hay perfiles de obras, novelas, pinturas, pelis, como sitios que valen la pena visitarse y destinos de viaje en todos los sentidos posibles. Son historias que proponen evadirse de la realidad, de ahí el título, trazando otros parajes distintos a los reales, aunque también hay mucho de errancia porque no dejo de recomendar sitios en la selva y la montaña, el desierto y el mar.

**Arturo Mendoza Mociño (Ciudad de México, 1970) es periodista cultural desde 1991 y ha fundado varios proyectos periodísticos: Reforma, Milenio Semanal, Vuelo de Mexicana de Aviación, Chilango, La Revista de El Universal. Guionista de Canal 11 y editor de libros institucionales para Cementos Cruz Azul, Infonavit, Sedesol, Gobierno del Estado de México, Mociño imparte también cursos de periodismo cultural, literatura mexicana, historia del arte y arquitecturas narrativas. Gusta de emociones extremas porque escala montañas, bucea y lee poesía.

Créditos foto portada: Arturo Mendoza Mociño

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